Necrologías


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El impulso que gobierna la escritura de Antonio Ramos es diverso, lúdico, curioso, crítico. Si su narrativa se ancla en la vida y lo mundano, sus asedios ensayísticos giran alrededor del misterio de la creación. Ve la escritura desde fuera para bosquejar su retrato como lo haría un infiltrado, diserta sobre libros ajenos para llegar al centro de sí mismo y, finalmente, expone las ataduras del oficio del escritor como una estrategia inmejorable para ganar la libertad.
          Luis Jorge Boone

Antonio Ramos siempre está hablando de otra cosa. Nos hace creer que no sabe contar un cuento como Dios manda; y así se distrae, cambia el tema, mira a los lados, interrumpe el discurso. Y sin embargo, ese aparente desorden se vuelve belleza, y esa belleza se convierte al final en una bofetada para nuestra conciencia, la cual aceptamos con placer, pues la palabra ha de ser dura si quiere ser deliciosa.
           David Toscana

Las necrologías de Antonio Ramos significan una apuesta por la escritura multigenérica. Desenvuelve su poligrafía mediante un tránsito ágil entre el contar y el cantar. En su material poético Ramos se aproxima a la evocación sin alejarse de su imaginación narrativa, siempre fértil y eficaz. De ese modo ofrece a sus lectores una escritura de múltiples estructuras y significados. Diversas lecturas siempre bien recompensadas.
          Eduardo Langagne

 
 
         

 

 
Necrologías

Universidad de Guanajuato
Serie Anaquel. No. 13 Oct. 2006
pp. 98
 


Secciones del libro:

De las Necrologías del cuerpo
De las Necrologías del deseo
De las Necrologías de la escritura


De las Necrologías de la muerte
De las Necrologías de la ficción
   

 

     
  De las Necrologías      
   

 

Ayer descubrí ancianos a mis padres. Los vi con sus años amontonados, el cansancio vasto en ojos donde había más calina que nada. Me acordé de ellos en su juventud, cuando salían rodeados de hijos pequeños que se asían a ellos con desesperada confianza y los buscaban en la banca del parque o el pasillo del supermercado. Los recordé jóvenes con tanta vida por delante. Por eso,al descubrirlos así tuve una tristeza malsana por tanta vida extinta, por tanta vida que también a mí se me había perdido en un volver el rostro y encontrarlos con tanta vejez compartida, tanta.

 

Te amo tanto que dan ganas de usar una sierra y separar tus huesos, chuparte los ojos, pinchar tu piel con cables elécricos. Te amo tanto que pienso estropearte el rostro, usar un mazo para destronar tus rodillas y machacar los dedos de tus pies. Es el amor una destrucción complaciente: tú me conminas a desarmarte

 

A veces se olvida que escribir es un ejercicio de paciencia: novelas que tardan doce años en aparecer, adjetivos que cambian cientos de veces, adverbios que se acomodan como un arrullo, pasados muchos tachoneos. Sólo los fotógrafos pueden, al aire, captar una obra maestra. Pero con los narradores se exige una paciencia a prueba de prisas literarias, una paciencia como una gota que tarda mucho tiempo en caer.

 

Tengo una amiga que es enfermera. Cuida a los viejos. Ha visto morir a muchos. A veces el cuerpo truena cuando mueres. Es curioso. Mi amiga ha escuchado esos últimos alientos. Dice que, cuando alguien muere, hay un espasmo en el cuerpo y sólo se escucha cómo se revuelven los líquidos por dentro, convulsionados. Entonces ella se apura a cerrar los ojos, alisar las mejillas, apretar la quijada porque, si no lo hace, el cuerpo se quedará tieso y será muy difícil maniobrarlo. Eso dice mi amiga. ¿Quién vendrá a moverme cuando muera?

 

 
     
           

 

       

 

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