| Dejaré esta calle |
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“Es un libro con lenguaje punzante, la frescura y
el humor que destila, así como por la variedad temática y el logrado
retrato que hace de una región.” “La nostalgia es la vía de acceso a los barrios de
La Moderna de la niñez del autor. Ésta se nos aparece como una
topografía violentamente dulce en Dejaré esta calle.” “La exploración de
la condición humana, esa añoranza, la fuerza de la violencia, se
confabulan para plasmar en Dejaré esta calle, la vida de espacios
cotidianos, intimistas, profundamente locales con lo que resultan, para
nuestra fortuna, ampliamente universales.” “Estas historias
son calles que no se abandonan, siempre regresaremos a ellas cuando el
recuerdo logre arroparnos.” |
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Dejaré esta calle Fondo Editorial Tierra Adentro, No. 320 México, D.F. Julio 2006 pp. 114 |
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Barda alta Un Mil Máscaras Capullo No hay balón que aguante Polo Ortega, cocinero Día de suerte |
Capullo
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De niño escuché cómo mataron al Capullo. Lo madrugaron. Se lo llevaron a una casa y le dieron mate. No fue con pistola, ni con navaja, sino con una piedra que le dejaron caer encima. Su muerte llenó de murmuraciones las calles, pero más de miedo. El Capullo era el hermano menor del Vale, un tipo que una vez, nada más por verga, arrastró en su troca a uno de los Piratas. Lo amarró con una cuerda del tobillo a la defensa y se lo llevó más de dos cuadras hasta que dejó de gritar. Vale había sido boxeador de joven, entrenaba en el gimnasio del «Jaibo» Esparza. Contrataba a otros pandilleros de la colonia como esparrings. Panthers, Chidos, Piratas y Grimaldos cayeron en esa lona. Empezó muy bien, oí que dijeron esa noche cuando platicábamos junto a la lumbrita, calentándonos del frío, pero a la décima pelea le ganó a la mala a un tal Pipino Ramos y nunca se pudo levantar. Vale salió herido en el orgullo. Con su fama se hizo de una banda sabrosa; puros vatos felones que lo seguían a cualquier parte. Más de una vez pusieron en desbandada a la policía y cuando regresaban a vengarse, el Vale y su banda habían desaparecido. El Capullo tendría unos cinco años menos que su hermano. Siempre andaba pasándose de listo, cocoreando a cualquiera, puro gallo entenado. Se las daba de cobardón, pero a la hora de la hora, sacaba un coraje sabía de dónde, una fuerza brutal que aterraba. Sobresalía entre la banda del Vale porque siempre usaba chalecos. También tenía un tatuaje en el brazo: una rosa a punto de abrir. Era su mayor orgullo. Vale y su hermano tenían una cantina en Granado y Mora. Se juntaban a chiflarle a las muchachas o para asustar a los obreros camino a Cementos o Bimbo. Luego mataron al Capullo. A los días del funeral Vale empezó a averiguar. No hizo nada esos días con el muerto tendido en la sala de su casa pero, todavía no se acomodaba la tierra sobre la tumba cuando Vale juró vengarse. Quería saber qué y quienes eran los amigos y enemigos del Capullo. Investigó, pagó por información, quiso saber con quién traía pleito su hermano: nadie quiso decirle nada. Según los periódicos, al Capullo lo habían emborrachado y llevado a una casa verde abandonada en un monte. Siguieron con la fiesta durante la madrugada hasta que él y su acompañante se pelearon. El hermano del Vale sacó la navaja para defenderse pero se le cayó con la primera patada. El otro lo tumbó de un riscazo, después le dejó caer una piedra grande y boluda sobre la cabeza. Así lo encontraron a la mañana siguiente. No tardaron los periódicos en sacar la noticia. «Matan a pandillero en la colonia», «Le dejan caer piedra y huyen», decían los encabezados. Esa era toda la historia. En Los chidos hubo alarma. Mi papá habló con mis primos y les dijo: «La cosa se va a poner fea». Miró a mi tío Luis y le recomendó: «Tú, ándate con cuidado. Desde hace mucho te traen ganas». Mi tío era el mejor de la pandilla. Se le respetaba en las cuadras porque nunca se echó para atrás cuando le cantaban un tiro. Fue el último hijo de mis abuelos. A Luis lo querían todos y apenas consiguió jale en cementos se convirtió en una especie de héroe. No hubo descanso ni del Vale ni de la ley. Pasaban las granaderas rondando con las torretas encendidas pero no franqueaban la casa del Vale. Se respiraba un aire tenso. Cualquiera diría que andaba el mal por las calles. Mi tío madrugaba para ir al jale, regresaba con el sol aún alto. Una tarde lo detuvieron pero les dijo que él no sabía nada. Capullo había sido su amigo y no quería problemas. Lo dejaron ir aunque no le quitaron la vista. Si no pasaban las chotas en sus Dodge iban los amigos del Vale en pesados Oldsmobile arrastrando miedo por donde anduvieran, un miedo que abría las calle como navajas, un miedo lustroso como las defensas gordas de sus carros. Pesadas las noches y lentos los días. Cuando la policía agarró al Babas, un borrachillo, de esos esquineros, incapaz de matar ni por hambre, las cosas se tranquilizaron. Lo acusaron. Otra vez nos enteramos por los periódicos. «Cogen al asesino del Capullo», «Agarran al matón de tejaban verde», repetía el vendedor con los paipers en la mano. Alguien lo había visto rondar el lugar del asesinato. «Si son pendejos», dijo el Vale, «ese huey no mató a mi hermano». Y aunque Vale no se dio por satisfecho dejó de buscar asesinos y se dedicó a lo de siempre. El asesinato del Capullo fue como un parte aguas en la colonia porque a partir de entonces se empezaron a escuchar palabras como orden, civilidad y progreso. El municipio se dedicó a prestarle más atención a esas calles. Puso una comandancia en el centro, construyó una clínica. Obligaron al camión rayado a entrar a la colonia para acercar más a la gente. Cancelaron cuanta licencia de cantina no estuviera al día y fueron desapareciendo junto con las bandas en las esquinas y los pleitos en las calles. Incluso, el gimnasio del «Jaibo» se esfumó. En su lugar pusieron una tienda Conasupo donde metieron un expendio de leche y huevo. Hasta el Vale dejó de ser el Vale. Se convirtió en otra persona cuyo poder no pasaba de sus allegados y nada más. Los Chidos corrieron con la misma suerte. Unos se casaron o se fueron a otras colonias, otros más se desafanaron de la clica. Mi tío Luis fue el primero en salirse. Se casó. Puso una tienda dejando los pleitos para siempre. A veces nos contaba de aquellos días, de esas calles, de esa colonia que ya no era la nuestra, de esa colonia que nos sabía a todo menos a violencia. Cuando nos hablaba del Capullo se ponía todo serio, le ganaba la risa. «Estas son puras sonseras», nos decía, «déjenme les cuento de las mujeres». Los tres o cuatro primos nos acomodábamos mejor en el piso y lo oíamos hablar de Carmen o Susana, o de la tarde cuando conoció a la tía Sandra mientras al fondo resplandecían las latas de atún por los rayos del sol que entraban por una ventana. Nosotros le terqueábamos: «cuéntanos del Vale» y él nada más negaba con la cabeza. «A chamacos estos.»
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Una noche, mientras veíamos Chespirito aparecieron en la casa mi tío Raúl y mi tía Lala. Papá se levantó para saludarlos y no pudo porque antes ellos dijeron: —Luis está muerto —Nada más vi cómo
papá dio unos pasos hacia atrás y se recargó en la puerta. Salí
corriendo a la casa de mis abuelos sin saber porqué. Mis abuelos veían
al arqui Benavides en la televisión. «¿Qué traes muchacho?», me preguntó
mi abuelo. No pude responderle. Me quedé en el vano de la puerta con el
miedo, la certeza de que no tardarían en entrar mis tíos a contar la
muerte. Mi abuela prendió un cigarro justo cuando aparecieron. Al
principio mi tío hacía pucheros como de quien no sabe de dónde le sale
el dolor. Mi tía Lala detrás de él le tomó una mano y dijo: El funeral empezó al día siguiente. Llevaron el cuerpo a la casa de mis abuelos. Lo pusieron justo donde había estado la televisión. Trajeron cirios eléctricos y una cruz plateada. Sin saber qué hacer me quedé en el patio con los demás y esperé que las horas fueran largas. La mañana y tarde fue un desfile de mujeres. Se acercaban al féretro y después iban a abrazar a mi abuela. Así el día. Por la noche llegaron los hombres de la colonia. Esos boxeadores mal avenidos, pandilleros casados y con hijos fueron a ver a mi tío Luis; a recordarlo también de esa manera, enterrado entre cuatro paredes de hierro, recostada la cabeza sobre un cojín blanco. Los miraba a lo lejos sabiendo sus historias. Aquél era el «Borrado», quien le había dado de tubazos a un granadero; aquel, uno que se había metido con la Giny y la había embarazado; aquel otro, uno que vendía vino adulterado bien vara para la raza y estuvo cuatro años en la cárcel por navajear a un pandillero. Cuando Vale llegó, seguido por una mujer pequeña y con el cabello canoso se me alborotó la sangre. Me acordé del Capullo, la tarde cuando mi tío Luis nos contó de su muerte. Después que pasó de darles el pésame a mis abuelos, Vale y la mujer se separaron, ella se metió a la cocina y él fue al patio donde los otros hablaban en voz baja y fumaban. Le hicieron un lugar y alguien le dio un cigarro. Una lumbrita avivaba la noche y el frío se volvía de nada. Las llamas eran un desgreño de lumbre, un manoteo amarillo que soltaba un humo blanco. Vale fumó pausadamente. Sus ojos, me di cuenta entonces, eran verdes. Estaban medio sebosos por no sé qué cosa y semejaban los ojos de un viejo. Nunca antes lo había tenido tan cerca. Me pregunté cuánto dolor podría sentir uno por la muerte de un hermano o por la forma como le matan a un hermano y no supe qué sentir. —Mi hermano era muy amigo de Luis —dijo Vale y los demás lo miraron
con atención—. Cuando empecé a boxear, Luis y Capullo eran mis
esparrings. Aguantaban los madrazos, eso que ni qué. A la mañana siguiente partió el cortejo fúnebre de mi tío: tres carros, dos camionetas con las coronas de flores y un camión de la colonia lleno de vecinos y amigos. Pasamos frente a la cantina del Vale. Esperaba afuera y traía una cerveza en la mano. Yo iba en la caja de una camioneta. Se me quedó mirando fijamente. Vale alzó la mano e hizo como si me disparara y me sentí el culpable de todas las muertes de la colonia. Al regresar del entierro encontré la cantina cerrada y nadie supo nada del Vale. Tardó días en aparecer. Al cuarto de su desaparición pasaron los vendedores de periódicos gritando a todo pulmón: «Hallan muerto en la colonia», «Lo matan con piedra». Sentí mucho miedo. A los días Vale abrió de nuevo la cantina. Tardé semanas sacándole la vuelta pero una tarde me encontró afuera de la tortillería, mientras esperaba con un mantelito en la mano y las monedas grandes de mil en la otra. Se me quedó viendo. Sus ojos verdes y sebosos tenían un destello raro. Otra vez alzó la mano e hizo como si me disparara. Sentía mis latidos acelerados, la garganta seca: verlo era como si sintiera en el estómago un capullo de terror que estaba por abrirse hacia la nausea.© Antonio Ramos Revillas
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